RODERAS DE LEVANTE
HISTORIAS
DE CARRETEROS VALENCIANOS
El artículo que ustedes tienen entre las manos nace de
muchos años de búsqueda, de conversaciones, de fotografías rescatadas del
olvido y, sobre todo, de una pasión que con el tiempo se convirtió también en
investigación. Es una parte de todo lo que he podido recopilar durante mis años
de aficionado y, con mayor intensidad, durante los últimos años como
investigador profesional en el ámbito de la etnología, mientras preparaba los
documentales y el libro “Gent de Carro”. Trabajos que, además, han recibido
reconocimientos por su valor documental: el premio al mejor documental en la IIIª Mostra de Curts del Moscatell, Vila de
Teulada 2018, y el premio a la mejor investigación etnológica Bernat Capó 2026 de la Diputación de
València a la divulgación sobre la cultural popular.
1: Foto archivo, familia Severino
Comes de Catarroja.
A lo largo de este camino he ido creando, casi sin darme
cuenta, un gran archivo fotográfico inédito y bibliográfico dedicado a los
carreteros de la Comunidad Valenciana. Cientos de fotografías, vídeos,
documentos y testimonios han ido formando un mosaico de una manera de vivir que
parecía destinada a desaparecer en silencio. Pero cuando uno profundiza en una
cultura, descubre que detrás de cada carro hay un hombre; detrás de cada
animal, una historia; detrás de cada camino, una familia; y detrás de cada
vieja fotografía, una vida entera esperando ser contada. Y cuando se llega a
ese punto, aparecen historias que ya no pueden quedarse guardadas en una
carpeta o en una estantería. Historias que merecen volver a caminar, aunque sea
a través de las palabras. Por eso las comparto aquí, con respeto y con el
cariño de quien sabe que no está hablando solamente de un oficio, sino de una
parte de nuestras raíces. Así que emprendamos el viaje. Volvamos a escuchar el
paso de los animales sobre los caminos, el crujido de la madera y el rumor
lejano de aquellos carros que durante generaciones llevaron el sustento de
nuestros pueblos.
La historia de los carreteros de Levante es inmensa. No
cabe en unas pocas páginas porque tampoco cabe en una sola vida. En estas
líneas hablaremos de algunos de los últimos supervivientes de aquel gran
linaje: hombres que dedicaron sus días al transporte de mercancías y que
tuvieron como compañeros inseparables a burros, burras, mulas, mulos, haques o rosins, según el lugar y la costumbre de cada pueblo. Durante
siglos, aquellos animales fueron fuerza, herramienta, compañía y sustento. Con
ellos se recorrían caminos difíciles, se atravesaban montañas, se llegaba a
mercados y puertos y se mantenían unidos territorios que, antes de la llegada
de la mecanización, dependían de la paciencia de un animal y de la experiencia
de un hombre. Después llegó la modernización. El motor sustituyó poco a poco al
tiro animal y el oficio comenzó a desaparecer. Sin embargo, algo permaneció. Aquellos
hombres enseñaron a las generaciones que venían detrás que un trabajo de
cientos de años podía transformarse, con el tiempo, en memoria, afición y
conservación. Lo que había sido necesidad se convirtió en cultura; lo que había
sido profesión, en legado. Y así, entre carros restaurados, animales de tiro y
recuerdos transmitidos de padres a hijos, sobrevivió una parte de aquella
antigua profesión milenaria: la cultura de los carreteros.
2: Antigua Venta del Angèl a València
(foto internet)
Para comenzar este viaje por nuestras raíces carreteras
levantinas tenemos que volver a mi pueblo, Benissa, al norte de la provincia de
Alicante, en la comarca de La Marina Alta. Allí, a finales del siglo XIX,
convivían aproximadamente siete u ocho familias de carreteros. Familias que hoy
podemos conocer gracias a los testimonios conservados y a las fuentes primarias
que nos permiten reconstruir, aunque sea parcialmente, aquella forma de vida. Los
caminos de la comarca no se lo ponían fácil a nadie. Tenemos constancia, a
través de obras geográficas y militares y de autores como Cavanilles o Muñoz,
de las enormes dificultades que presentaban las comunicaciones de esta zona
hasta finales del siglo XIX. El camino de Dénia hacia Alicante podía
encontrarse en unas condiciones tan deficientes que determinadas cargas hacían
casi imposible la actividad arriera y dificultaban enormemente el paso de los
carros grandes. No sería hasta los primeros años del siglo XX cuando comenzaran
las obras destinadas a mejorar la calzada y a crear una red de comunicaciones
más adecuada, una red normal y, al mismo tiempo, absolutamente necesaria para
la vida económica de la comarca. En aquel paisaje áspero y accidentado, los
animales tenían que estar a la altura del camino. Por eso eran habituales las
mulas, los mulos, las burras y los burros. Entre todos ellos, los arrieros
sentían especial predilección por el mulo y el burro, animales tranquilos y
resistentes. Su pezuña pequeña les permitía desenvolverse mejor por aquel
terreno escarpado, y su extraordinaria dureza hacía posible que trabajaran
durante muchas horas con una alimentación sencilla, escasa, pobre y seca. No
necesitaban grandes lujos: necesitaban resistencia. En algunas casas de
labradores ricos y de familias nobles se mantenían caballos de tiro para el
transporte, pero aquello era la excepción. En la mayor parte de la comarca, el
camino pertenecía a las mulas y a los burros; a esos animales modestos que,
durante generaciones, aprendieron a subir donde parecía que no podía subir un
carro.
Los carreteros de La Marina Alta vivían de unir mundos.
Sus poblaciones, abiertas al Mediterráneo, producían mercancías que había que
llevar tierra adentro y recibían otras que llegaban desde los caminos, las
ciudades y los puertos. Transportaban los productos de la agricultura, el
moscatel y otros frutos, el vino, el aceite, la fruta o la piedra y también
aquellos que llegaban del mar, como la sal o el pescado. Había rutas que
acabaron formando parte de la memoria colectiva de la comarca. Entre ellas
destacaban la ruta de la sal y la ruta de la pansa. Pero no eran las únicas:
estaban también las rutas del aceite y el vino, de la fruta, del pescado, de
las canteras de adoquines y otras muchas que tejían una verdadera red de
caminos comerciales. En La Marina Baixa, las playas de Altea y Benidorm y las
desembocaduras de los ríos facilitaban además la extracción y el transporte de
grava y alga. El carro estaba presente allí donde había algo que mover y
alguien que necesitaba hacerlo llegar. También existía el transporte urbano de
mercancías, la llamada ruta de l’ordinari, y el transporte de personas mediante
el coche de la carrera. El carro típico del arriero levantino era una
herramienta adaptada a su destino. Podía ser de varal alto y recto, con largas
varas; una zorra minera o cuadrada, según el trabajo que tuviera que realizar;
y llevaba una vela larga. En muchas ocasiones lo tiraban tres animales: dos
mulas o mulos y un burro de pericón. Incluso los animales tenían sus
preferencias y sus supersticiones según el pueblo. En Benissa se apreciaban
especialmente los burros punteros o pericones, mientras que en Tàrbena había
predilección por las burras en la reata. Porque en aquel mundo cada detalle
contaba: el animal, el carro, el camino y hasta la manera de engancharlos
formaban parte de un saber transmitido durante generaciones.
3: Foto archivo, sección Alicante.
Carro transporte de muebles.
Empezamos nuestro viaje por un ilustre carretero
levantino: Juan Bautista Pérez Ivars Gerra, afincado en Benissa y a quien tengo
el orgullo y el honor de presentar como mi bisabuelo. Perteneció a una de las
últimas familias beniseras que dedicaron toda su vida al transporte profesional
con animales y al trato. El mundo del carro no fue para él una etapa pasajera:
fue el paisaje entero de su vida. Se casó con Amparo Font, mi bisabuela. El
padre de Amparo, Jaume Font, conocido como el Ferrer, tuvo gran fama a
principios del siglo XX como herrero y albaitero de la villa. Su hermano Pere
Font, Els Carros, fue el último fabricante de carros de la familia y cerró su
taller en 1970, convirtiéndose en uno de los últimos artesanos de la comarca en
poner punto final a una saga que había dado forma a carros, herramientas y
recuerdos. Batiste Gerra, siempre vestido con su brusa y su faja negra, se
dedicó a una de las rutas más conocidas de la zona: la ruta de la sal. El
trayecto podía comenzar en Calp o en Torrevieja, donde se encontraban grandes
salinas, y terminar en València o en los pueblos de la Ribera valenciana. Desde
Benissa hasta València podían emplearse dos o tres días, dependiendo del tiempo
y de las condiciones del camino. Pero antes de emprender el largo viaje había
que superar un obstáculo que hoy cuesta imaginar: la empinada y kilométrica
cuesta que separaba Calp de Benissa. Las comunicaciones de La Marina eran
todavía muy deficientes y aquella pendiente podía impedir que un carro cargado
de sal alcanzara la cima. Por eso los carreteros recurrían a una solución tan
sencilla como agotadora: subían media carga hasta Benissa, regresaban a por la
otra mitad y repetían la operación. Solo entonces, con el carro nuevamente
preparado, podían continuar el viaje con la carga completa. Y aquella carga no
era pequeña: alrededor de 140 sacos de cuarenta kilos cada uno. Después
comenzaba el camino hacia la capital, para regresar posteriormente cargados de
fruta y verdura. Cuando el trabajo escaseaba, Batiste regresaba a las tierras,
propias o ajenas. Y cuando la lluvia cerraba los caminos, encontraba otras
formas de ganarse la vida: transportaba comida para los ganados del pueblo,
animales que permanecían en sus corrales esperando que el tiempo mejorase, y
también transportaba y vendía alga para las camas de aquellos mismos corrales. Pero
quizá la imagen que mejor conserva la memoria familiar no sea la de los sacos
de sal ni la de los largos caminos, sino la de Amparo esperando el regreso de
su marido. Mi bisabuela contaba que discutían por los mulos, porque ella
terminaba encariñándose con ellos y Batiste, gran aficionado al trato, casi
siempre volvía de la capital con algún animal diferente. Ella lo reconocía
enseguida y le decía: “Batiste, este no es el mismo”. Y él, riéndose,
respondía: “Hay que ir cambiando, Amparo”. En esa pequeña conversación familiar
hay, quizá, toda una época. El carretero que veía en el animal una herramienta
y una oportunidad, y la mujer que acababa viéndolo como un compañero al que
poner nombre, cuidar y querer.
Continuamos en Benissa para acercarnos a otra familia de
carreteros, los Ortolà, conocidos como familia Pollastre. Su último
descendiente dedicado al trabajo de carretería fue Antonio Ortolà, el tío Toni
Pollastre, nacido en Benissa en 1930. Procedía de una familia dedicada al
transporte ordinario de mercancías por la comarca y hacia València, además de
la ruta de la pasa hasta los puertos de Dénia. Toni conoció el oficio desde muy
niño. A los ocho años ya acompañaba a su padre y, cuando cumplió quince, este
consiguió comprarle un carro y un mulo para que pudiera comenzar a trabajar por
su cuenta. Su primer destino fue la Ribera valenciana, donde acudió a trabajar
en el cultivo del arroz. Al regresar, antes de encontrar una ocupación estable,
fue ayudando a distintos arrieros del pueblo. Comenzó con la familia
terrateniente Baidal, amigos de la familia, que le ofrecieron una primera
oportunidad trabajando en sus tierras y realizando algunos viajes. Más tarde
trabajó junto a mi bisabuelo, sustituyéndolo temporalmente después de que un
accidente con un mulo lo dejara con las dos muñecas rotas e incapacitado
durante un tiempo. Finalmente, a los dieciocho años entró como carretero de la
familia Bonifació, primos de los “Gerra”, y fue allí donde comenzó
verdaderamente su andadura como arriero en solitario. La cuadra que le dejaron
para trabajar estaba formada por tres mulos, dos caballos de tiro y un burro.
Su principal ocupación sería la ruta de la pasa de moscatel. Salía de Benissa
alrededor de las cinco de la mañana, con el carro cargado, y emprendía el
camino hacia los grandes almacenes de Dénia, donde descargaban la pasa todos
los carreteros de la zona. Era una jornada larga, de esas que empiezan cuando
todavía no ha amanecido y terminan cuando el día ya se ha consumido.
Si quedaba tiempo, regresaba cargado de abono; si no, volvía de vacío. Y cuando
terminaba la temporada de la pasa, el trabajo no desaparecía: cambiaba.
Entonces realizaba transporte ordinario por el pueblo, movía algarrobas y
almendras y repartía harina y leña para los molinos. Así transcurría la vida
del carretero: una ruta terminaba y otra comenzaba. No había un calendario
escrito, sino las necesidades de la tierra, de los molinos, de los almacenes,
de los puertos y de las familias que dependían de que aquel carro llegara a
tiempo.
4: Foto archivo, sección Alicante. El
carretero Antonio Ortolà “Toni Pollastre” de Benissa.
Para terminar nuestro pequeño recorrido por Benissa
tenemos que recordar a otras familias de carreteros cuyo legado material
desapareció con ellos, pero cuyas historias todavía permanecen. Porque la
memoria de un oficio no vive solamente en los carros conservados o en las
herramientas guardadas: vive también en los nombres que seguimos pronunciando. Un
ejemplo es la familia Mau, dedicada al transporte de personas mediante el
llamado coche de la carrera, un vehículo tirado por siete animales y con
capacidad para casi una veintena de pasajeros. Era otra forma de recorrer el
territorio, otra manera de acercar pueblos y personas cuando las distancias
todavía se medían en horas de camino. También estaban las familias Xaquera, Sec
y Torrat que, junto a mi bisabuelo Batiste Gerra, formaban parte del grupo de
carreteros que recorrían la ruta de la sal y la ruta de la pasa. Y, finalmente,
la familia Botero, dedicada al transporte de materiales de construcción de su
propiedad. Todos ellos forman parte de una misma historia. Algunos dejaron
fotografías; otros, documentos; otros solamente el recuerdo de quienes los
conocieron. Pero todos dejaron algo que hoy nos permite comprender mejor cómo
se movía aquella sociedad.
Ahora cambiamos de población, pero no de territorio ni de
memoria. Nos desplazamos hasta la vecina Gata de Gorgos, donde vivió uno de los
carreteros más conocidos de la comarca: José Reduan, Pepe Ganxo. Fue carretero cuando
la tracción animal todavía era una forma habitual de trabajo y, cuando aquella
época comenzó a desaparecer, dio el salto al camión. Pero el motor no consiguió
borrar de su vida el vínculo con los animales. Al contrario: Pepe se convirtió
en uno de los impulsores de muchas actividades relacionadas con la afición al
mundo del caballo de tiro valenciano. El tío Pepe nació en 1939 y procedía de
una familia de tradición carretera, los Reduan, vinculados a Gata de Gorgos y
Llíber. A los nueve años comenzó a acompañar a su padre con el carro y, apenas
dos años después, ya hacía recorridos solo. Su padre ahorró hasta poder
comprarle un carro y dos animales, de manera que ambos pudieran abarcar más
trabajos y dividirse los transportes. Vicent Reduan realizaba numerosos
trabajos que más tarde heredaría Pepe. Entre ellos estaba la conocida ruta de
la pasa hacia Dénia y Gandia, y también hacia Carlet. La temporada podía
comenzar en agosto y prolongarse hasta diciembre o enero. El viaje consistía en
llevar la pasa desde Gata de Gorgos hasta los puertos de Dénia y Gandía, desde
donde partía hacia otros países. Cuando terminaba la temporada y la pasa se
volvía demasiado dulce, parte de aquella mercancía encontraba otro destino: la
mistelera de Carlet, en València, donde era utilizada como combustible. El
viaje a Dénia podía durar un día; a Gandía, dos. Y cuando el destino era
València, el recorrido podía alargarse hasta tres o cuatro días, siempre que el
tiempo acompañara. Los carros podían transportar entre dos mil y tres mil
kilos, dependiendo de la calidad del producto. La pasa destinada a la
exportación, de mejor calidad, se colocaba en cajas de madera de diez kilos. La
pasa tardía o de menor calidad se cargaba en capazos de unos doce kilos y tenía
como destino la mistelera. Cuando terminaba aquella temporada, comenzaban
trabajos más tranquilos: transportar harina desde los molinos de la comarca o
descargar el trigo que llegaba a la estación del pueblo para repartirlo entre
los almacenes. Y, como siempre, el tiro estaba formado por varios animales,
habitualmente dos o tres mulas y un burro de pericón. La modernización terminó
llevando a Pepe hasta el camión. Comenzó a hacer con él los mismos transportes
que antes realizaba con el carro. Pero hay algo que el cambio de vehículo no
consiguió llevarse: los animales siguieron formando parte de su vida. Pepe
continúa viviendo en la casa de sus padres, aquella donde creció, donde
nacieron sus hijos y donde ahora juegan sus nietos. Y quizá una de las imágenes
más hermosas de esta historia sea precisamente esa: atravesar el patio de su
casa y encontrar que las cuadras continúan allí, en uso, como si el tiempo
hubiera cambiado casi todo menos aquello que de verdad importa. Allí siguen sus
inseparables compañeros de batalla.
5: Foto archivo, sección alicante. El
carretero José Reduan “Pepe Ganxo” de Gata de Gorgos.
Volvemos a cambiar de localidad y bajamos hacia el sur de
la provincia. Allí, en la comarca de La Marina Baixa, encontramos Altea, un pueblo
que parece guardar en sus calles y en su horizonte los colores del
Mediterráneo. Aquí vamos a conocer a nuestro último protagonista, un hombre
cuya fama ha resistido el paso de los años gracias a una personalidad satírica,
un humor muy particular y una forma de contar las cosas que, seguramente, hacía
que cualquier historia pareciera todavía más grande. Hablamos de Roc Polvoreda,
El Gallo. Nació en una familia de carreteros en 1940. Con solo diez años ya iba
con el carro a trabajar, acompañado por dos, tres o incluso cuatro mulas. Más
tarde, su primo y él llegaron a disponer de tres carros, cada uno con varios
animales, y trabajaban diariamente extrayendo arena y grava del río. Como
tantos hombres de su generación, tuvo que interrumpir su vida laboral para
cumplir el servicio militar. Al regresar todavía trabajó dos años más con el
carro, hasta que en 1964 terminó su etapa como carretero de animales y se
convirtió en chófer de camiones. El cambio parecía enorme, pero en realidad
transportaba las mismas mercancías que había transportado durante años con el
carro. En Altea, aquella era una de las labores habituales: cargar y
transportar arena, grava, piedra destinada a las obras y alga para las camas
del ganado de la localidad. Era un trabajo duro, condicionado por el río, por
el permiso para extraer material y por las necesidades de quienes vivían de
aquella mercancía. Roc recuerda que La Marina solamente autorizaba la
extracción en la desembocadura y que eran pocos metros para demasiados
arrieros. Por eso algunos decidían trabajar de noche y cargar en otros lugares,
arriesgándose a hacerlo sin permiso. No era una aventura romántica: era una
forma de ganarse el pan cuando el trabajo legal no alcanzaba para todos. En
esas noches, bajo la oscuridad del río y con el ruido de los animales y de los
carros como única compañía, se escribía también una parte silenciosa de la
historia de aquellos hombres.
Nos quedamos en La Marina Baixa para recordar a otros
ilustres carreteros y las rutas comerciales que atravesaban esta comarca. Había
caminos para el pescado y también para el chocolate, como el recorrido que unía
Villajoyosa con Alcoy. Desde Callosa d’en Sarrià partían otros carreteros hacia
Alcoy cargados de adoquines, destinados a una de las grandes ciudades industriales
del momento en la provincia de Alicante. Esta ruta está documentada a través de
la familia Savall, carreteros de aquella población. También conocemos la ruta
documentada por Geroni Moncho Pinet, dedicada al transporte de fruta desde
Callosa d’en Sarrià, Bolulla y Tàrbena hacia Oliva, en la comarca valenciana de
la Safor. Son caminos diferentes, mercancías distintas y familias distintas,
pero en todos encontramos una misma constante: la capacidad de adaptarse. La
mecanización transformó su trabajo y obligó a cambiar las herramientas, los
tiempos y los vehículos. Sin embargo, muchas de aquellas familias no
abandonaron su afición por los animales de tiro. Continuaron colaborando,
sufragando proyectos y participando en celebraciones donde la cultura del carro
valenciano podía seguir mostrándose. El oficio desaparecía, pero la memoria
encontraba otra forma de sobrevivir. Más hacia el sur de Alicante llegamos al
puerto de la capital y a las poblaciones que lo rodeaban: Sant Vicent del
Raspeig, Agost, Villafranqueza, Sant Joan, El Campello y otras localidades
próximas. También aquí encontramos carreteros dedicados a una labor esencial:
llevar mercancías hasta el puerto. Para ello utilizaban carros plataforma,
vehículos muy largos capaces de transportar sacas de todo tipo de alimentos,
como los que tenía Fulgencio Torregrosa, de Sant Vicent del Raspeig. También
existían los carros piperos y otros destinados al transporte de muebles. Eran
vehículos pensados para soportar carga y distancia, para hacer de puente entre
los lugares donde se producía una mercancía y aquellos donde debía continuar su
viaje. El puerto era una puerta abierta al mundo y los carreteros eran, muchas
veces, quienes hacían posible que esa puerta estuviera conectada con los
pueblos del interior.
6: Foto archivo, sección alicante: El
carretero Jeroni Moncho “Pinet” de Tàrbena.
En las grandes ciudades y en los puertos de la Comunidad
Valenciana siempre existieron grandes cuadras y negocios relacionados con los
caballos. Una de ellas fue la del tratante Ramón Tamarit, “El Morrero”, de
Meliana. Durante los años cuarenta llegó a mantener dos cuadras dedicadas al
negocio, una en la provincia de València y otra en el sur de la provincia de
Castellón. Otro de los grandes pilares de la carretería valenciana fue Vicente
Olmos, conocido como “El Pare dels Pobres”, de Mislata. Su negocio consistía en
retirar escombros de la ciudad de València, actividad conocida popularmente
como tira arenes, durante las décadas de los cuarenta y cincuenta. Su apodo no
era casual. Se le recordaba por ayudar a quienes necesitaban un trabajo y por
abrir las puertas de su actividad a carreteros que buscaban una oportunidad.
Carreteros como Perico, Chimo de Silla, Severino Comes, Tomás y Boro Planata
estuvieron en contacto con él, bien mediante subcontratas, bien trabajando
directamente desde su cuadra. Aquellos hombres no solo participaron en la
última etapa de la carretería tradicional. También forman parte de la historia
que desembocaría en el tiro y arrastre como deporte ecuestre valenciano. De
alguna manera, cuando el carro dejó de ser una necesidad cotidiana, aquellos
mismos conocimientos, aquellos animales y aquella forma de entender el esfuerzo
encontraron una nueva vida. Entre aquellos carreteros, Perico o, mejor dicho,
José Santa Rita, de Sedaví y Boro Planata, de Alfafar, se curtieron en el
transporte con carros y animales realizando viajes hacia las ferias de Aragón y
Castilla. Era habitual cubrir trayectos desde València hasta Albacete,
Cedrillas, Mosqueruela o Mora de Rubielos. Eran recorridos largos, exigentes,
marcados por las condiciones del camino y por los puertos de montaña. Uno de
los pasos más conocidos era el antiguo puerto de Almansa, que debían superar
con los animales y que, más tarde, también recorrerían los camiones. Aquellos
pasos podían convertirse en lugares peligrosos. Las pendientes eran
pronunciadas, el tiempo podía empeorar de repente y un carretero no podía
permitirse abandonar a sus animales. Boro contaba que su primer trabajo, siendo
niño, consistía en caminar detrás de los carros durante aquellos trayectos. No
era una tarea menor. Mientras el carretero debía concentrarse en guiar a los
animales y mantener el carro en el camino, alguien tenía que vigilar la parte
trasera de la carga, porque allí podía aparecer un ladrón dispuesto a aprovechar
cualquier descuido. Para evitarlo se colocaba un perro o una persona con un
palo, preparados para ahuyentar a quien intentara acercarse. Años después, en
la posguerra, los antiguos y lentos camiones terminarían reproduciendo aquella
misma idea de vigilancia. En cada camino había una solución. Y en cada solución
quedaba la inteligencia práctica de unos hombres acostumbrados a resolver los
problemas con lo que tenían a mano.
7: Foto archivo familia Paco Lucas de
Catarroja.
El mundo del caballo agrícola valenciano continúa siendo
una disciplina poco conocida por buena parte de la sociedad actual. Y, sin
embargo, guarda una historia enorme: la historia de cómo evolucionamos, de cómo
construimos nuestros negocios, de cómo conectamos pueblos y territorios, de
cómo aprendimos a aprovechar la naturaleza del entorno y, sobre todo, de cómo
miles de personas se esforzaron por salir adelante junto a sus animales. Esta
historia no habla solamente de carros. Habla de conocimiento. De animales
cuidados y trabajados. De hombres que aprendieron a interpretar un camino, una
carga, una pendiente o el cambio del tiempo. Habla de quienes desarrollaron
soluciones cada vez mejores para el transporte, de los padres de la albeitería
moderna y de quienes perfeccionaron las guarniciones de trabajo hasta
convertirlas en auténticas herramientas de precisión. Y habla también de una
transformación. Una de las profesiones más antiguas del mundo acabó
convirtiéndose en una afición capaz de atravesar generaciones. Cuando el carro
dejó de ser imprescindible para ganarse el pan, no desapareció del todo. Cambió
de lugar en nuestras vidas. Pasó del trabajo a la memoria, de la necesidad a la
pasión, del camino cotidiano a las fiestas, las exhibiciones y la conservación
de una cultura. Somos, sencillamente, unos enamorados de lo nuestro.
Y quiero despedirme con la historia del Tío Fesol, de
Bellreguard. Él contaba que en su familia no existía ningún precedente de
afición por el caballo de tiro. Fue después de la guerra, tras el bombardeo del
puente de Gandía, siendo un niño comenzó a ayudar a pasar los carros por el
cauce del río. Y fue allí, precisamente allí, en medio de la dificultad, donde
encontró algo que ya nunca lo abandonaría: el esfuerzo de los animales, la
solidaridad de los hombres, la ayuda entre compañeros, la colaboración, el
respeto y también esa dosis de adrenalina que solamente conoce quien ha
confiado su camino a un animal de tiro. Allí encontró algo que le robó el corazón
para siempre, el carro y los caballos de tiro. Quizá esa sea la verdadera
historia que hay detrás de todas estas roderas de Levante: que los caminos
desaparecen, los carros cambian, los motores sustituyen a los animales y los
oficios terminan por convertirse en recuerdos. Pero mientras queda alguien
dispuesto a contar lo vivido, mientras una fotografía vuelva a iluminar un
rostro y mientras un caballo vuelva a tirar de un carro por un camino
valenciano, aquella historia seguirá avanzando. Porque las roderas pueden
borrarse de la tierra. Pero no siempre se borran de la memoria.
Quico Llopis Ivars







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